sábado, 10 de noviembre de 2012

La calle Tinte, la torre Tavira y la Bella Escondida

Cádiz.
15/07/2012.


La calle tinte, el eterno drago desafiando a los nobles edificios, y el mar antiguo besando a la perla escondida por todas las partes de su cuerpo salvo una, la menos pura.

No puede haber calma en el infierno de la tarde gaditana, pero es un infierno deshabitado, poblado de lejanos pasos que se apresuran a entrar en los frescos patios, las pequeñas e irreductibles selvas urbanas.

Camino con pies de seda, procurándome la mejor de las sombras, pero mi niña pequeña se alía constantemente con el sol, se empeña en hacer que mi sangre hierva, que me suba la fiebre, que me pueda el amor. Un pequeño capricho me es concedido por los antiguos dioses tartésicos: la torre Tavira es toda mía.

Entonces, soy testigo de uno de esos prodigios, con los que la Física nos regala de vez en cuando, una visión alternativa a nuestra experiencia sensorial cotidiana. La cámara oscura que reside en sus entrañas, es un ingenio que permite tomar el pulso a una ciudad sesteante, adormecida más de la cuenta, en una tarde digna del mismísimo Hades. Sutilmente, con su voz atercipelada, una joven experta en el trivial manejo del instrumento, nos hace recorrer, envueltos en el fresco manto de la oscura entraña de la torre, el fabuloso arco iris gaditano: desde el pequeño laberinto de la Viña con su recuerdo de tsunami aún convive con las tapas y las cañas; hasta el espectacular bosque de torres miradores, donde desvelos de otras épocas persiguen todavía, fantasmagóricos, la esperanza del regreso del ser querido o el arrivo de la mercancía deseada; pasando por la majestuosidad de las bóvedas y campanarios, acaudillados por la orientalidad fingida de las torres catedralicias. Toda Cádiz, revelada instantáneamente, a mis incrédulos y refrescados ojos...

Tavira te observa,
camina sereno con alma de acera.

Tavira te observa,

ansía tu voz pero no te penetra.

Cruzas por puentes fantasmagóricos
que ni siquiera sospechas que existen,
saboreas helados mientras peinas a niñas
llovidas del cielo esperando el regreso
de tu amado velero constante.

Tavira te mira,
pero tú no sospechas.

Tavira te mira,
ansía tu aliento pero no te provoca.

Levitas en alfombras voladoras de papel
que ni siquiera sueñas que existan,
alzas tus ojos en busca le La Bella Escondida
pero te sientes incapaz de amar sus colores
porque sólo se ve lo que se enfoca desde la oscuridad.

Tavira te busca,
pero tu no contestas.

Tavira te encuentra,
pero tu no te dejas.