sábado, 19 de noviembre de 2011

En el mundo de Fugu, el pez globo

Osaka (Japón).
25/07/2010.


Hacía tanto calor que decidimos sumergirnos, a través del objetivo, en la piscina donde nadaba la peligrosa comida llamada Fugu. Ya no eran peces, les faltaba el mar...

En Osaka, el mundo se come. Se engulle el tiempo. Se devora la vida. Se degusta la amistad. Se mastica el amor. Se piensa en comer las 24 horas del día e incluso algún delicioso minuto más.

La gente se divierte con el veneno. Algunos maestros, lo han convertido en su forma de vida, en una profesión de alto riesgo tanto para ellos como para sus clientes. Son cirujanos de la muerte que dan placer a los comensales evitando que la tetradotoxina les convierta en estatuas dignas de la mirada de Medusa. Son los Prometeos japoneses.

Mi curiosidad por el riesgo llega solamente hasta la inmersión por refracción en la letal piscina que aparece en la fotografía. Yo no he comido pez globo. He respetado a Fugu y él me no me ha petrificado. Pero he aprendido a imitar a Fugu:

Ante el peligro de una funesta mirada,
me hincho con amenazadora prudencia
Me rompo y me deshago,
me vuelvo efervescente
y hasta paso de la gente,
que viene a molestar.
Siento crecer al vago,
ermitaño en mis entrañas,
tumbado y sin ganas de conspirar.
Mi sombra sale huyendo
escondiéndose del tiempo,
que fluye a borbotones,
la luna me mira a los ojos y va a reventar.

Tengo veneno para treinta avaros,
y aunque troceen mis entrañas
para saborear mi riesgo,
siempre cabe el leve consuelo
de que alguno calcule mal mi dosis
y se paralice poco a poco,
consciente,
presciente de su lento y efímero futuro
avocado a la eternamente breve espiral
que le conducirá a los brazos de Tánatos.

Soy, como Fugu,
el dueño de tu buena suerte,
el amo de tu dulce muerte.